Si no estuviera de vuelta o avisado, el viajero que llega a León y se sienta en su mesa ha de familiarizarse con ciertas sorpresas, porque no es que la cocina leonesa sea rara o diferente, que lo es en su medida, sino que aquí se concilian todos los ancestros potajeros del lugar y todo lo bueno que le ha llegado por los caminos o por la estrecha y sabrosa vecindad gallega, castellana o asturiana. León, gastronómicamente, tiene un universo propio y unas constelaciones en los que se pierde hasta el sagaz olfateador de aromas de fogón.
La verdad es que León, por ser tierra de paso e hija de siete culturas, lo ha tenido fácil a la hora de asaltar el mantel con todo lo que sabe y gusta. La historia es larga en costumbres o en recetas y esta es una tierra pródiga en montes y vegas. Desde la receta medieval y morisca de unos pastelillos de almendra hechos aún en los obradores de conventos, hasta la sustancia antigua de un caldo anicarés, cabe casi de todo. Valgan como ejemplo esas patatas con congrio y almejas que son tan celebradas en cualquier mesón; teniendo tanta evocación marinera, no se conoce tal componenda en todo el litoral cantábrico y paradójicamente parece ser un invento de secano.
Vayamos, pues, por partes y comencemos por el principio al que está sujeta por el tópico la cocina leonesa, esto es, por la cecina, el botillo o ese cocido maragato del que han oído hablar hasta en la Pampa o en Méjico.

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